lunes 30 de marzo de 2009

Un polvo express

(Por Mariela Infiel)
Estoy escribiendo esta entrada un sábado a la madrugada, recién llegamos con mi marido de cenar con unos amigos y con la excusa de chequear mi correo me puse a escribir con la intención de contarles una experiencia que tuve entresemana. Como ya dije no tuve tiempo para nada, ni casi para ser infiel, y digo casi porque una tarde en la que tuve una par de horas libres luego de salir de la compañía y antes de entrar a la facultad se me ocurrió una idea. Una idea genial si me permiten la expresión. Entre a un locutorio y pedi una computadora. Me senté frente al monitor y puse en el buscador las palabras: "escorts masculinos". Así fui ingresando a las distintas páginas que empezaron a enumerarse, hasta que encontre una con fotos y números de teléfonos cuyas características se correspondían con la zona en donde yo estaba.

Entre los muchos avisos que había me atrajo el de uno que se llama Bruno, morocho, con cuerpo de patovica y una erección de esas que le podrían valer el bien ganado apodo de "burro", además lo que me convenció fue que solo atendía a mujeres. Saque el celular y lo llamé. Por suerte estaba disponible. Cobraba ciento veinte pesos la hora, eso sí, con todos los chiches, así que antes de ir pase por un Banelco y me tomé un taxi para no demorarme mucho. Cuándo toque el portero eléctrico de su departamento, bajó enseguida a abrirme. Era impresionante. Lo de patovica era cierto ya que parecía el típico guardia de seguridad de algún boliche, morocho, de pelo bien corto, casi al ras. Abrió la puerta y me saludó con un beso en los labios, apenas un entremes de lo que vino inmediatamente después, en el ascensor, ni bien cerró la puerta. Presionó el botón correspondiente a su piso y dándose la vuelta me arrinconó contra la pared, metiéndome una tremenda mano en el orto mientras me decía que cuándo lo llamé no creyó que estuviera tan buena.
-¡Te voy a coger hasta saciarte, mamita, te voy a quitar hasta la última gotita de insatisfacción que tengas!- me prometió, aunque lo cierto es que no me sentía insatisfecha, solo estaba caliente.
Mientras me tenía ahí arrinconada podía sentir su erección pulsando prometedoramente por debajo de la bermuda que tenía puesta.
Cuándo entramos al departamento ya no me soltó, apoderándose de mí para hacerme todo eso por lo que estaba dispuesta a pagarle. Mientras nos besábamos, besos de lengua profundos y ardientes, yo le acariciaba ese tremendo abultamiento que amenazaba con romperle las costuras de la bermuda. Entonces hice algo que me encanta, estando él de pie en medio de la sala, me hinqué de rodillas en el suelo y bajándole de un solo tirón la bermuda descubrí en todo su esplendor aquello que ya me había cautivado en fotos, un terrible porongazo de magníficas proporciones, con una leve comba en el medio y hacia arriba, un suculento pedazo de Gloria hecho carne que anhelaba comerme como si de ello dependiera mi subsistencia.
Me gusta esa posición de sometimiento, de rodillas, sumisa y obediente, adorando a nuestro Amo y Señor. Así que ahí mismo me puse a chupársela con unas ganas que se traducían en la cantidad de saliva que le aplicaba a tal labor. Estuve un buen rato dele mamársela, recorriendo tan exorbitante magnitud con labios y lengua, besándola aquí y allá, besándole las bolas también, comiéndomelas de a una, las dos juntas, para luego subir con la lengua de nuevo hasta la punta y volver a comerme el pedazo principal, soberbio, divino, majestuoso.
Luego me levantó, me agarró de la mano y me llevó al dormitorio, un lugar obviamente preparado para el amor. Era todo un profesional y así me lo demostró desde el primer instante. Nos desnudamos y nos lanzamos sobre la cama, entrelazados, besándonos todavía, acariciándonos, restregándonos el uno contra el otro. Entre un beso y otro fue bajando lentamente por mi cuerpo, besándome el cuello, la clavícula, los pechos, lamiéndome un pezón, luego el otro, bajando por la línea de mi vientre hacia el centro de todos mis sentidos. Con la punta de la lengua empezó a acariciar los labios de mi sexo, humedeciéndolos de a poco, para luego abrirlos y meterse bien adentro para lamer y chupar todo mi interior, para tocarme justo ahí en donde me parecía estallar. Me chupó, me lamió y me besó por un buen rato, bebiéndose mis jugos, tras lo cuál se calzó el correspondiente preservativo y ubicándose encima mío me penetró en una forma que me hizo estremecer hasta lo más íntimo. Me la metió despacio, dejándomela sentir, fluyendo a través de mí en forma suave y constante, metiéndomela toda, toda entera, llenándome por completo con ese pijazo super desarrollado que amenazaba con brindarme una garchada de antología, justo lo que mi calentura reclamaba.
Entonces, y mientras enredaba su lengua con la mía, empezó a cogerme, entrando y saliendo en toda su soberana extensión, aumentando de a poco el ritmo, volviéndome a decir que iba a saciarme por completo, yo gemía y musitaba que sí, que quería que me dejara bien satisfecha, a la vez que enlazaba las piernas alrededor de su cintura y lo atraía aún más hacia mí. Si así ya estaba bueno, lo mejor habría de venir cuándo me tuvo en cuatro, ahí me mató, me aniquiló, bien afirmado tras de mí, aferrado de mis caderas, me dio para que tenga, guarde y archive, me garchó tipo película porno, tanto es así que sin sacármela se alzó sobre sus pies y de repente duplicó y hasta triplicó el ritmo de la penetración, dándome con todo, sin tregua ni piedad, sometiéndome a un vaivén infernal, de esos que amenazan con provocar destrozos permanentes, aunque yo estaba tan caliente que poco me importaba cualquier posible consecuencia.
Luego de darme una buena biava, me la sacó de la concha y me la enfiló por el orto, ya que se dio cuenta de que ya lo tenía bastante bien entrenado. Sin embargo me lubricó en la forma apropiada antes de intentar cualquier cosa, y entonces sí, me la metió, haciéndome doler igualmente, aunque eso es lo importante de toda enculada ¿no?, que te duela, sino no tiene sentido, y una vez que consiguió metérmela toda en el traste empezó a culearme bien duro y parejo, haciéndome saltar chispas del culo cada vez que arremetía con todo, como si quisiera partirme al medio siguiendo el sendero de mi columna vertebral.
Yo estaba echada en cuatro, con el culo bien levantado, moviendo las caderas al ritmo que él le imprimía a la culeada. Y así, entre metida y sacada, me palmeaba la cola, provocando el estallido de mis nalgas, un sonido que acompañaba esa marcha intensa y destructiva que amenazaba con no dejarme sentar por unos cuántos días.
Fue un polvo impresionante, espectacular, y que supo valer hasta el último peso pagado.
Ya son mas de las tres de la madrugada, mi esposo me llama para ir a la cama, seguro que quiere echarse un lindo polvo conyugal antes de dormirse, pero antes quiero terminar esta entrada. Luego del polvo, Bruno, el patovica garchador, me preguntó si quería darme una ducha, le dije que sí, así que nos bañamos juntos, y entre una enjabonada y una enjuagada nos pusimos calientes de nuevo. ¿Y que creen que pasó? Lo hicimos en el baño, y este polvo resultó ser mucho más intenso y apoteótico que el primero.
Bueno, ahora me voy a la cama porque mi marido esta impaciente. Me quiere coger y escribir lo que me pasó en la semana con un hombre al que tuve que pagarle para que me coja me puso tan caliente que le voy a dar con el gusto.
Espero ponerme al día con el blog ya que tengo unos cuántos polvos archivados que me gustaría compartir con ustedes. Un beso para todos y que tengan una linda noche.

1 comentarios:

  1. UUfff... Excelente relato!! Despierta verdaderamente el morbo!! Espero tus nuevos relatos de polvos "archivados" jajaja. Saludos desde Venezuela!!

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